Por tercera vez, Alejandro Dolina estuvo en Salta junto a su compañero Patricio Barton para emitir el programa “La venganza será terrible”. El escritor fue seguido por un cálido público que no paró de reírse con  frases sarcásticas y observaciones absurdas sobre la vida cotidiana. (Aníbal Roldan)

Desde las 20 del día viernes, ya podía verse merodear al público por las afueras del Teatro Provincial. Era de esas noches de otoño donde la temperatura empieza a bajar hasta vaya uno a saber cuánto. Sin embargo, eso no importaba al parecer, como tampoco el alto costo de las entradas. A medida que se acercaba la hora de inicio, la fila de gente crecía casi completando toda la cuadra. Estaba compuesta, en general, por personas adultas tirando a mayores, todos elegantemente abrigados y ansiosos por ingresar.

Ya adentro de la sala, el frio no se hacía sentir. El teatro estaba colmado. Lo que sí se sentía era música de fondo; sonaba So Lonely, canción de The Police. Después un poco de Bob Marley, hasta que se escuchó la potente voz de Aliverti que anunciaba el comienzo. Eran las 22 hs, y salía a escena Alejandro Dolina para iniciar la única función que realizó en Salta, en el marco de la presentación de “La venganza será terrible”.

Sobre un escenario sin escenografía alguna más que un telón negro, 5 sillas y una mesa, acompañado por Patricio Barton, un orador mesurado, correcto, pero no por eso menos brillante que Dolina, y tres músicos que no desentonaron, ofrecieron un espectáculo de alrededor de 2 horas. El principio fue dedicado a hablar sobre la comida y en particular sobre las “tortas temáticas”. “Viste que hay médicos que dicen que somos los que comemos”, soltó para romper el hielo Bartón y al toque Dolina agregó: “si, los médicos pero también muchos comunicadores sociales; es que la comida continuamente nos está hablando”. Solo eso sirvió para que entren a divagar respecto de los muñecos que se suelen colocar en las tortas de cumpleaños. Las observaciones absurdas rápidamente despertaron al público, que ansiosamente esperaba lanzar una carcajada, como aquel hombre que se ha impuesto divertirse en una reunión. Aunque, en verdad, la forma de ridiculizar las charlas a acerca de “lo que comemos”, milanesas, empanadas, arroz, no daban lugar para no reírse con algunos de los remates chistosos.

Desde un principio, Dolina se las arregla para hablar de la vida real y entremezclarlo con  toques de fantasía.  Y aunque esté hablando de la comida siempre termina relacionándolo con reflexiones acerca del arte de seducir, y en cierto modo deja en evidencia las cosas ridículas que hacen los hombres para que una mujer le de pelota pero concluyendo, siempre, con un consejo. Así transcurre el primer tramo.

Luego Bartón se retira y Dolina queda solo en el escenario. En ese momento hace gala de su admirable dicción y su elocuente retórica. Con tono solemne, empieza a relatar una historia de hadas y poetas que se puede resumir de la siguiente manera. Cuenta que el hombre que ingresaba al mundo de las hadas jamás podía regresar ya que era secuestrado. El porqué estaba dado en que las hadas tenían la obligación de pagar al diablo un tributo anual. Entonces, las hadas para no ser arrastradas ofrecían a la mafia infernal hombres que seducían con sus bailes, hermosuras o con trampas de las peores.

Un día un poeta escoces fue seducido y raptado. Entró en una caverna y a los tres días al salir supo que no podía regresar más a su pago. Pero, por única vez se produjo un milagro; entonces, el poeta compuso unos versos, los únicos versos compuestos en tierras de hadas y se lo entregó a la que lo había seducido:

Aquí le traigo el mondongo que usted me mando a comprar, como no lo puedo entrar en  la puerta se lo pongo…

Estos versos consiguieron conmover a la hermosa que no solo restituyó a su tierra al poeta sino que le concedió un don: una lengua que no le permitía mentir. En efecto: todo lo que decía era faltamente cierto. Esta certeza le causo varios problemas; era un don que tenía algo de infernal. Con el don de no mentir regresó a la tierra y así siempre que la conversación con otro poeta recaía en el porvenir resultaba que él decía cosas proféticas no podía decir nada que no sea verdad, y esta certeza  lo hizo ermitaño. Vivió largos años recluido, y no podía escribir poesía porque no podía mentir  y en realidad, la poesía es decir lo que no es, una metáfora es también un primer grado de mentira.

 “aquí le traigo el mondongo que usted me mando a comprar, es mentira, nadie encargó ningún mondongo, es una metáfora del hombre que se declara al servicio de la mujer que ama, aquí te traigo amor mío todo lo que querías de mí. Como no lo puedo entrar en la puerta se lo pongo; tampoco es verdad, nadie va a dejar un mondongo en la puerta, solo es el alma del poeta que no puede entrar y se lo deja, quiere decir que ese verso era mentira y el ya no podía escribirlo. Esta parte cierra dejando a oyente tras oyente desparramados de la risa como por efecto contagio.

Luego retorna Barton para acompañarlo en una discusión respecto a la psicología. El tópico que eligen es: “Como puedo comprobar que mi psicólogo es un chanta”. Dolina empieza leyendo algunos indicios para corroborar esta intuición como: cuidado si el psicólogo no responde a tus preguntas, si el psicólogo reacciona opinando sobre tu vida y juzgando, o cuidado cuando el psicoanalista minimiza tu problema y te dice “eso no es nada, no sabes lo que me pasa a mí”. El dialogo entre ambos es digno de destacar, aunque el papel de Barton se roba todos los laureles: hace comentarios breves pero refinados, en cierto sentido desconcertadizos e irónicos.

Para el cierre llega el momento de la música, donde el escritor canta algunas canciones pedidas por el público junto a la banda que lo acompaña. Resulta difícil criticarlo a Dolina, realizando una tarea que lleva más de 30 años. Toda una vida acumulada en experiencia mundana y literaria, expresada con una pulida oratoria y una facultad notable para moverse por diferentes temas con una admirable soltura, como si estaría conversando en la mesa de un bar.

Tal vez su fuerte sea su pronunciada veta barrial, romántica, con constantes guiños a la vida existencial en este país. Sin embargo, ese prototipo de hombre barrial argentino que conforma el “negro dolina” contrasta con el público que concurre: una clase media, un poco acomodada, que considera tener un sutil humor. Como sea que fuese, la maestría de este hombre concentra la atención de todos los presentes y de los que en algún rincón lo escuchan con el oído en la radio.