Mientras autoridades del IPPIS y del Ministerio de DDHH avalan los desalojos a comunidades originarias, un artículo de la UBA analiza las conflictividades del acceso a la salud pública de los Wichí, además de los problemas entre criollos y originarios de Tartagal por la ocupación de las tierras. (Andrea Sz)

“Quieren que seamos menos, quieren hacernos desaparecer”, es una de las declaraciones de un wichí en Tartagal citado en el artículo del Instituto de Ciencias Antropológicas de  la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, realizado por Mariana Isabel Lorenzetti. La frase obedece a la mala atención que reciben las comunidades en los hospitales públicos y prosigue: “nos atienden cuando ya estamos muriendo”, “muchos andan diciendo que el mataco es molesto, no sirve”.

El informe en cuestión analiza el vínculo entre el sistema público de salud local y las comunidades adyacentes a la localidad de Tartagal a través de las prácticas locales de la Atención Primaria de la Salud (APS). Para ello la autora explicita cómo los wichí desafían las interpretaciones hegemónicas que explican sus condiciones de salud, reconstruyendo las condiciones sociales donde se inscriben las experiencias de sufrimiento.

El artículo titulado “Experiencias de sufrimiento, memorias y salud en las comunidades wichí de Tartagal”, señala que en el departamento de San Martín, la apropiación del territorio para actividades agroindustriales, hidrocarburíferas y madereras ha desencadenado una conflictividad social en las relaciones interétnicas entre criollos e indígenas. Esto produjo que las comunidades indígenas tengan que desplazarse y arrinconarse en espacios más deteriorados: “Tales actividades han provocado una severa degradación ambiental, comprometiendo el espacio de autonomía relativa de sus economías domésticas al reducir los recursos disponibles del monte. Con la reactivación del mercado de tierras y la instalación de las empresas agrícolas, no sólo se extendió la superficie destinada a la plantación de soja, con el consecuente desmonte, sino también se produjo un deterioro ambiental agravado por las fumigaciones de agroquímicos que comprometen la salubridad del agua y de los espacios en los que viven las comunidades”.

El informe de Lorenzetti cita un relevamiento llevado a cabo por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y la Universidad Nacional de Salta en el departamento de San Martín, donde se señala que “en la gran mayoría de las comunidades (83,6%) los títulos de las tierras están en manos de terceros, llámense empresas, iglesias. En el caso de las comunidades urbanas y peri-urbanas, de las 96 relevadas en el Dpto. de San Martín, el 86% no posee títulos del terreno donde vive. Un 76% de los títulos de propiedad están a nombre de particulares y el 10% de los terrenos se encuentran bajo la figura de lotes fiscales”.

Avance criollo

El artículo de la UBA analiza las experiencias de sufrimiento narradas por los wichí y sus expresiones en torno a sus construcciones de salud-enfermedad. La autora para ello contextualiza la forma de vida de las comunidades de Tartagal. “Las recurrentes referencias al ‘tiempo de antes’ y al de ‘ahora’ de los wichí con relación a sus condiciones de salud me condujeron a explorar el peso de la memoria en las vivencias de sufrimiento relatadas durante el trabajo de campo”, señala la investigadora y explica: “Mientras que para los promotores de salud el deterioro físico es la marca que devela cierta irresponsabilidad por parte de las familias en su propia sustentación –en su capacidad como seres autónomos–, por el contrario, para los wichí sus cuerpos ‘sin fuerza’ devienen en testimonio donde anclar sus reclamos de salud y darles veracidad”.

Como ejemplo cita la expresión de un hombre de unos 50 años en relación con su preocupación respecto a la desnutrición y muerte infantil: “antes no se conocía enfermedad como ahora; el aborigen no enfermaba así, ahora sí, sin fuerzas quedamos”.

En el relato citado el hombre hace referencia a los cambios en su alimentación y las consecuencias para su salud: “Antes se comía corzuela, quirquincho, conejo, acutí, pero gente gordo, bien sana. Ahora la gente come arroz, fideo y papa. Antes no… Yo como fideo y siempre estoy enfermo, no sé por qué”.  Otro, por su parte comenta: “Ahora se consumen muchas cosas con muchos químicos, pero antes era todo natural. Nuestra alimentación era natural. Se ven cosas que antes no había: personas wichí, y de otras etnias, con diabetes… enfermas de vesícula. Esas cosas no se conocían antes y creo que tiene que ver con la alimentación. Chicos desnutridos nunca supe y eso que parecía que no había alimento como hoy. El gobierno manda muchos programas para salvar a los chicos de eso. Y sin embargo sigue habiendo más desnutridos. Mandan los bolsones que no traen nada”.

En sus relatos también aparece la conflictividad latente entre criollos y originarios: “ahora criollo chaqueño ya tiene camioneta, tiene vaca… ya tiene de todo. Así son… uyy… ya le conozco. Se vuelve mezquino. Las tierras han quitado al aborigen. ¿Ha visto camino nuevo?, ¿ese alambrado?, más acacito de Pacará. Ahí sólo ha quedado monte, de ese costado es lo último que ha quedado. Empresario ha dicho que no va dejar a la gente, a los aborígenes. Cuando desmonten dicen que no van a dejar pasar a nadie. No van a dejar aborigen para que pasen. Nadie va a pasar. Y nosotros ¿qué hacemos? Pensamos que tenemos que mezquinar. Nosotros estamos acá desde antes, desde mucho tiempo”.

Salud no tan pública

Aunque los relatos citados en la investigación fueron tomados durante los años 2011 y 2012, la situación no ha mejorado en la actualidad. A más de un mes de efectuados los desalojos a tres comunidades de Tartagal, una mujer enferma recostada en su cama a la intemperie, se dejó morir en pleno desalojo; otra, tuvo a su hijo en medio del monte porque en el hospital de la zona tampoco pudieron atenderla. Durante este mes las comunidades desalojadas no sólo denunciaron el despojo de sus tierras, también la desatención para con mujeres y niños en el ámbito público de salud.

Mientras se realizaba el trabajo citado, medios locales y nacionales se hacían eco de las muertes por desnutrición de originarios. En aquellas notas periodísticas se señalaba que más del 70 % de los aborígenes en Salta no tenían cobertura de salud, a lo que el gobernador respondía que los aborígenes no iban al hospital por razones culturales.

Pese a eso un agente sanitario de la zona citado en la investigación, en función a los cuestionamientos que desde los organismos que administraban los programas sociales les hacían a los wichi por el uso de ellos, explicaba: “Había unos compañeros que han planteado: ‘es así porque ahora reciben ayuda y la gente no compran para comer. Compran motoneta, compran celulares’. Todas esas cositas ellos planteaban. A veces escucho eso y es como que me molesta, no me cae bien. Es como que nosotros no podemos progresar. Tenemos que seguir viviendo así. Piensan que el paisano no tiene que tener vivienda, manejar, mirar o prender un radio o una heladera. Yo creo que eso es envidia. Es como que criollos solos quieren tener, quieren tener cosas y el resto no; el aborigen no tiene que andar en moto, no tiene que tener nada. Creo que tienen bronca de que andemos en moto. Sí cambio moto, por ejemplo, ellos te miran así… ‘¿de dónde saca plata?’ Entonces ahí empiezan a decir: ‘mira éste, ves, la gente no compra para comer, no saben usar la plata’”.

Lorenzetti durante toda la investigación analiza así las relaciones entre criollos e indígenas y las problemáticas que devienen de las fricciones interétnicas. Esto tiene que ver con los cambios que las comunidades tuvieron que sufrir por el avance de criollos en sus territorios, modificando sus modos de subsistencia. “En el campo de la salud, tales tensiones emergen cada vez que los wichí buscan confrontar las imputaciones que se les atribuye desde el sistema de salud público, si quienes realizan las intervenciones de salud asocian el nivel de criticidad de los aborígenes a que ‘no tienen cultura de trabajo’, ‘esperan a que todo se les dé’, ‘no les gusta trabajar’. En contraste, para los wichí su situación de inestabilidad e incertidumbre se relaciona con ese progresivo e incesante avance criollo. Tal como me señalaban: ‘ya nos queda nada… todo está alambrado’, ‘antes no había dueño, éramos libres, se podía campear, buscar animalito, la miel, la tusca. Ahora ¿cómo hemos quedamos?… sin nada’”.