A la periodista Kate Bolick le propusieron en 2011 escribir una historia en primera persona sobre su situación personal, esto es, mujer soltera de 39 años, fémina que nunca se había casado: surgió así su novela Solterona.

“Lo había intentado ya en 2006”, comienza a narrar Bolick en una casa madrileña habitada por solteronas donde EL MUNDO le cita, “pero me sentí entonces demasiado cerca emocionalmente de las preguntas que escribirlo me provocaban, tenía 34 años y me preguntaba qué errores había cometido y si me iba a quedar sola para siempre;incluso lloraba”.

Cuando su reportaje en la revista The Atlantic, All the single ladies, “se hizo viral”, Bolick reaccionó, el libro tenía que escribirse. Y sin llorar. “Pusieron mi retrato en portada, el reportaje se convirtió en el más leído de su web, tuvo millones de visitas, la gente comenzó a escribirme… Había encontrado un dato con el que trazar la historia: el 50% de las mujeres norteamericanas estaban solteras en aquel momento, un porcentaje que hoy es ya del 53%; los historiadores sostienen que esta situación demográfico es tan significativo como la Revolución Industrial”.

A medio camino entre el ensayo y la autobiografía, Bolick se sirve para escribir su historia de cinco “despertadoras”, un término que toma prestado de una de ellas, la novelista Edith Wharton. “Ella empleaba el término awakeners para referirse a los libros y las personas que le hacían abrir los ojos. No se trata de querer ser como esa persona sino de lo que esa persona te despierta. Mis cinco despertadoras son personas con las que puedo hablar, aunque estén muertas, porque sus vidas son sus textos y cuando leo sus poemas, sus novelas, sus biografías, veo cómo muchas de sus preguntas son mis preguntas”.

Junto a la despertadora Bolick vienen la periodista Neith Boyce que, en el siglo XIX, escribió una columna en el Vogue de entonces hablando “de su vida como mujer soltera y feliz”, la poeta Edna Sant Vincent Millay, “que se acostaba tanto con mujeres como con hombres, promiscua, famosa, y que inspiraba a muchas otras a vivir solas, a no casarse o a mantener matrimonios abiertos”;Maeve Brennan, columnista de The Newyorker en la década de los 50 del siglo XX, “la más valiente de todas, que escribía en primera persona sobre ella, no en relación a un hombre o una madre, únicamente su punto de vista».

Le sigue Charlotte Perkins Gillman, “activista feminista del siglo XIX que se casó joven, tuvo un hijo y también la depresión post parto más famosa de la historia de los Estados Unidos”, describe Bolick, quien se debate entre la aceptación y la sorpresa cuando se le pregunta si ella misma es una despertadora. “Comienzo a acostumbrarme a ser una persona pública, y me encanta hablar con mujeres, como estoy haciendo contigo ahora, pero estar en el ojo del huracán es complicado. Hay personas, a menudo mujeres, que dicen cosas como ‘Kate Bolick es preciosa, ella no sabe lo que es estar soltera’, y otros, a menudo hombres, dicen: ‘Kate es muy fea, por eso está soltera”.

En la casa madrileña donde se realiza la entrevista, Bolick tuvo la oportunidad de conocer a algunas solteronas, a las que, como a ella, tampoco les parece peyorativo el término. ¿De qué sirve pues, en esta vida, ser mujer y decidir no contraer matrimonio? Atentos: “Mi tiempo es sólo mío, puedo hacer con él lo que yo quiera, el dinero que gano es sólo mío también, y puedo gastarlo en lo que yo considere oportuno, tengo libertad para hacer lo que a mí me parezca en todo momento”.

De lo cual se deduce que el concepto tradicional de familia y matrimonio menoscaba la libertad individual. “En general, los hombres creen que todas las mujeres queremos casarnos, y esto me parece muy frustrante. ¡Quién sabe qué queremos! Igual acabo de conocer a alguien, de acuerdo, pero no sabemos si esto funcionará, existe reticencia a vivir individualmente, a explorar la individualidad”, sostiene.

¿Qué quieren las mujeres?
Entonces, ¿qué quieren las mujeres? Bolick sigue soltera pero, hace poco, se mudó a vivir con su novio, “tras 10 años viviendo sola”. “Cuando era más joven, en mis veintitantos, realmente no sabía cómo manejar una relación sentimental, necesité de esos 10 años en soledad, aprendiendo a estar sola y a cuidar de mí misma, asentando mi carrera profesional y sintiendo que mi vida era mía y que la estaba viviendo a mi manera”.

¿Cómo sería hoy el mundo si, a lo largo de la historia, las mujeres no se hubieran visto condicionadas por la idea de matrimonio? “Muy distinto, muy distinto…”, repite esta autora, quien aún se acuerda de cómo alguna de sus amigas menos agraciadas físicamente se casaban con el primer hombre que se lo pedía, “por miedo a que no se lo pidiera nadie más en el futuro”.

“El mundo sería distinto”, prosigue, “aunque mi generación de mujeres y también la anterior, está compuesta por féminas que se han podido desarrollar profesionalmente. Es necesario mostrar la experiencia femenina. Por ejemplo, sigue habiendo pocas mujeres directoras en Holywood, pero hay más que antes. Resulta muy sencillo olvidarse de que hemos vivido bajo la perspectiva masculina durante demasiado tiempo”, describe.

También cree que “la presión social y familiar no es tan grande como antes”, no es una constante que el entorno instigue a una mujer a casarse. Si acaso, son las propias mujeres quienes a veces caen en el error de, en reunión de feminas, hacer preguntas inadecuadas.

“No hay que preguntarle a la gente qué pasa con su vida amorosa. Si, el romanticismo es divertido, pero hay que recordar siempre que hay cosas más importantes que las citas. No se debe preguntar cosas cómo ‘¿Cuál fue tu última relación?’, ‘¿No te gusta nadie?’, ‘Pues conozco a alguien que…'”.

“Una vez una se quita de encima el pensamiento de que algo malo puede haber en ella, o que no es suficiente, o que tiene miedo al compromiso, o que es inmadura, entonces todo va bien, y eres feliz. Me rompe el corazón que haya mujeres que sufren por esto”.

Fuente: elmundo