El niño conmovió al mundo cuando le prestó una muleta a un amigo para ver a Diego Milito. El hombre volvió al rugby después de perder una pierna. Los dos se juntaron en el estadio de Racing para contar cómo le ganan a la adversidad.

Por primera vez en su vida, Santi pisa el césped por donde corren sus ídolos. Sonríe con ternura, esa magia de los sueños cumplidos. Martín lo mira impulsarse a toda velocidad con sus muletas para buscar una pelota. Santi patea y la pelota entra al arco. Martín lo aplaude. “Mami, hice un gol en el Cilindro”, le dice a Sabrina, que lo abraza después del zurdazo. Santi es Santiago Fretes, un chico de diez años que nació con una malformación genética en su pierna derecha. Martín es Martín Sharples, un deportista invencible que perdió su pierna derecha después de un accidente con su moto. Pero los dos también tienen otro aspecto en común: ganarle a la adversidad.

La historia de Santi se conoció cuando su mamá, Sabrina Bonomo, publicó una foto en Twitter en la que está subido a una de sus muletas para ver de cerca a Diego Milito en su despedida. Su imagen compartiendo la otra muleta con un amigo conmovió al mundo. “Se le presté porque no podía ver. Me salió solo. Nunca me imaginé todo lo que iba a pasar después”, aclara Tati, como le dicen en su barrio, Del Viso. Sharples es maratonista y hace dos años, con su prótesis, volvió a jugar al rugby. Nunca dejó de soñar y lo logró. “El 20 de septiembre, el día de mi vuelta, es uno de los más importantes de mi vida. Fue una sensación hermosa”, cuenta.

Martín y Santiago comparten el amor por Racing. Ambos van a ver a la Academia al sector de discapacitados, pero se conocieron en la camioneta, yendo al Cilindro de Avellaneda desde Pilar, y sus primeras charlas tuvieron los colores blanco y celeste. “Ahora que se fueron Milito y Saja, los mejores son Aued, el Licha (López) y Pillud, que es un capo porque me grabó un video por mi cumpleaños y siempre que me ve, me saluda”, cuenta Santi, que pudo conocer a sus ídolos, sacarse fotos y hasta llevarse una camiseta que le dedicó Milito. Martín, con más experiencia en equipos históricos de la Academia, le dice que quizás ahora los van a extrañar demasiado al capitán y al arquero. “Vamos a estar bien”, lo tranquiliza Santiago.

“Tenía un sueño imposible que era volver a jugar al rugby. Pero sabía que cuando soñás muy fuerte las cosas se pueden lograr. Ese creo que es el mejor mensaje que te puedo dar, Santi”, le explica Martín, ahora sentado en la platea del Cilindro, mientras le acaricia la cabeza a su nuevo amigo. “Se pueden hacer las cosas. Siempre se puede”, acota Santi. Martín, de 49 años, sufrió la amputación de su pierna izquierda en 1993. Nunca bajó los brazos: a lo largo de los últimos 21 años participó de carreras de calle, con silla de ruedas y prótesis (estuvo en casi todas las ediciones de la Carrera de Miguel, en homenaje al atleta desaparecido) y hasta recorrió durante dos meses exactos el camino La Higuera-Buenos Aires por el aniversario de los 40 años de la muerte del Che; así como La Habana-Santa Clara, en Cuba, por el 50º aniversario de la revolución cubana. En 2014, después de leer una nota sobre un rugbier amputado se dio cuenta de que lo podía lograr. Llamó al presidente de Porteño, el club de su adolescencia, pasó el apto físico de la URBA y pudo volver a ser el tercera línea de la institución de San Vicente. “Estoy jugando en el equipo intermedio. Existe la chance y espero que pueda jugar un partido en Primera antes de que termine el campeonato. Sería un sueño cumplido”, dice Martín, que le regaló una camiseta de Porteño a Santi: “Se parece a la de Racing. Me gusta. La voy a usar.”

Con sus 27 kilos y sus 143 centímetros, Santi se balancea en las muletas y corre a toda velocidad. Como lo hace cuando anda en bicicleta, cuando se sube a su cuatriciclo o cuando hace taekwondo, está todo el tiempo en movimiento. No se despega de la pelota que él mismo trajo de su casa.  La levanta y hace jueguitos, o engancha e intenta tirarle un caño al que pase por delante, o le pega con toda fuerza. “Está todo el tiempo jugando con la pelota. Le encanta el fútbol, vive pensando en fútbol y aprovecha cada instante para patear”, detalla Sabrina, que desde hace dos años se contactó con la gente de Racing Integrado, un programa del club que realiza actividades con chicos que tienen distintas discapacidades. Santi quería jugar en el Cilindro. Cuando va a la cancha, lo hace en la parte de abajo de la tribuna, donde se junta con amigos a los que no siempre les conoce el nombre. Ahí fue que le prestó una de sus muletas a Yamil, con quien sigue hablando por Facebook a la espera del reencuentro en el Cilindro. “Cuando hacen un gol tenemos que hacer uno nosotros. Vamos corriendo hacia la pelota y el primero que la patea tiene que meterla”, cuenta Santi.

Santi juega al fútbol en cancha de nueve en el Club Unión de Del Viso. Los fines de semana disputa un torneo integrado en el que, como delantero, se destaca por sobre el resto. “Ellos al principio me tenían un poco más de compasión, pero yo los bailaba. Ahora me pegan muchas patadas y los sigo bailando”, cuenta Santi. Martín, a su lado, asiente y dice que en el rugby es igual. “Pensaban que como venía con la prótesis tenían que irme más despacio y yo jugaba con todo y los mandaba a cualquier lado. Ahora igual ya no es tan así”, dice entre risas. A los cinco años Santi utilizó una prótesis, pero era demasiado pesada para él que, según el parte médico, es un paciente desarticulado de cadera, la más alta de las amputaciones de pierna. Cuando perdieron la obra social en la familia, Santi se tuvo que acostumbrar a las muletas.

Las primeras semanas después del 21 de mayo –fecha de la despedida de Milito– el celular de Sabrina no paró de sonar. Le llegaban mensajes de solidaridad que iban desde jugadores de Racing hasta Susana Giménez. El Ministerio de Salud de la Nación le prometió que le conseguiría a los mejores especialistas. Y la secretaria de Desarrollo Institucional de la Provincia de Buenos Aires, Andrea Gerardi, le mandó un mail al médico de Santiago, Eduardo Stéfano, pidiendo comunicarse urgentemente con Sabrina para acelerar los trámites de la prótesis. Nada de eso ocurrió y siguen a la espera de colaboraciones para tener una prótesis, ya que los precios superan los 300 mil pesos. Martín y Santiago no se conocían y se van felices y contentos después de una tarde en la cancha de Racing. “Estar acá es parte de la historia. La siento como si fuera mi casa”, dice Martín. “Es hermosa. La ves desde adentro, desde afuera y emociona”, agrega Santi. Una tarde en la cancha de Racing le bastó a Santi para ganarse un nuevo amigo y conocer otra historia que lo impulsa a seguir para adelante. Como siempre lo hace.

Fuente: Tiempo Argentino