Un solo golpe le bastó para callar a la dirigencia sindical. La misma noche del martes de la concentración cegetista, Mauricio Macri decapitó a los dos funcionarios más cercanos a los gremios.

Uno de ellos, Luis Scervino, tenía el control de unos 1800 millones de dólares de las obras sociales sindicales, que son la histórica prioridad de los jerarcas gremiales. Tales destituciones se produjeron en un contexto en el que el Presidente había forzado la suspensión del juez Eduardo Freiler, un filokirchnerista denunciado por haber construido una fortuna inexplicable. El triunfo nacional en las elecciones del 13 de agosto atavió a un nuevo Macri, decidido a demostrar que está dispuesto a jugar a todo o nada por la conservación (o la ampliación) de su poder.

En rigor, no debió ser una sorpresa para nadie. Ya en la Jefatura del Gobierno porteño se mostró negociador, cumplidor de sus acuerdos e implacable con los que rompían las negociaciones. También entonces peleó palmo a palmo sus espacios de poder con la entonces presidenta Cristina Kirchner. La fragilidad de la presidencia que conquistó en octubre de 2015 (le ganó a Daniel Scioli por poco más del 2 por ciento de los votos y se convirtió en el presidente con la más insignificante representación parlamentaria de la historia) lo obligó a la cautela más que a la audacia. Macri parece haber dado por concluida esa etapa el 13 de agosto. El peronismo, al menos, lo sintió así. “Podemos decir de él cualquier cosa, menos que carece de instinto de poder”, concluye un gobernador peronista perdidoso.

El peronismo se sumergió a partir de ese domingo ingrato en la peor crisis de su historia. La única dirigente nacional que quedó relativamente en pie es Cristina Kirchner, agónica ganadora en la provincia de Buenos Aires, el distrito que supuestamente controlaba como nadie. Les habría ganado por menos de 20.000 votos a dos candidatos del oficialismo, Esteban Bullrich y Gladys González, que los bonaerenses no conocían hasta hace apenas tres meses. Varios peronistas creen que Cristina terminará derrotada el 22 de octubre en Buenos Aires, aunque también por un margen escaso. “Está claro que Cristina no tiene el 45 por ciento de los votos en Buenos Aires”, resalta otro peronista. Y, encima, todo lo que tiene es el liderazgo de la tercera sección electoral de Buenos Aires. Su presencia es insignificante en el resto del país, incluida la provincia que fue el feudo propio y de su familia, Santa Cruz.

Aun así, ni siquiera Cristina le queda al peronismo. Ella ya creó su propio partido, Unidad Ciudadana, y no hay ni habrá razón para que mate a esa criatura que acaba de nacer. Es un problema y es una solución: el peronismo no necesitará disputar con ella, porque ella ya se fue del peronismo.

Con todo, el peronismo no ha muerto. Macri lo necesitará desde el lunes siguiente de las elecciones de octubre. Todas las reformas que promete Macri deberán ser aprobadas por el Congreso, donde las mayorías se crearán en negociaciones entre el macrismo y parte del peronismo. La novedad, si se repitieran en octubre las elecciones de agosto, es que los senadores y diputados de La Cámpora o del kirchnerismo que se irán serán reemplazados por legisladores que responderán a los gobernadores. En 2011, en el caso de los senadores, y en 2013, en el de los diputados, Cristina Kirchner les entregó a los gobernadores las listas con los candidatos camporistas a senadores y diputados. Los mandatarios no tuvieron derecho ni siquiera a la queja. Son los senadores y diputados que están renovando ahora.

Un caso expresivo de lo que está sucediendo ocurrió en San Juan, que renueva senadores. El nuevo gobernador, Sergio Uñac, tiene 47 años y le discutió el liderazgo del peronismo sanjuanino al veterano y cansado José Luis Gioja, un viejo referente del peronismo clásico que se volcó al kirchnerismo por conveniencia más que por convicción. Gioja le había cedido a Cristina uno de los senadores que se van; el otro respondía a él, pero al final siempre terminaba con el cristinismo. Uñac le ganó la pelea interna a Gioja y fue uno de los pocos gobernadores peronistas victoriosos el 13 de agosto. Uno de los candidatos a senador nacional por San Juan es el hermano mismo de Uñac; la otra candidata es una mujer que también le responde al actual gobernador. Hasta ahora el macrismo no podía negociar nada con Uñac, porque toda la representación parlamentaria de San Juan la tenía Gioja. A partir del 10 de diciembre, Uñac tendrá más importancia que Gioja para el Gobierno.

En una reciente reunión de gobernadores peronistas se decidió que en diciembre los nuevos diputados y senadores peronistas integrarán un bloque justicialista, totalmente apartado del Frente para la Victoria. Ese bloque ya existe en Diputados y lo lidera ahora Diego Bossio, que lo creó cuando él se fue del kirchnerismo. Bossio deberá después defender su liderazgo, cuando hayan ingresado los nuevos legisladores que representarán a los gobernadores. Los únicos dos gobernadores que se opusieron a esa fractura con el cristinismo fueron Gildo Insfrán, de Formosa, un caudillo antiguo y autoritario con buenos vínculos políticos con Cristina, y Lucía Corpacci, de Catamarca, que adujo tener lazos afectivos con la ex presidenta. Desde ya, Alicia Kirchner no fue de la partida; es más rehén que cuñada de Cristina.

Antes de fin de año, otro gobernador joven que ganó, el salteño Juan Manuel Urtubey, lanzará su carrera hacia la candidatura presidencial, si repite en octubre, desde ya, el triunfo de agosto. El peronismo está condenado a vivir un intenso proceso de renovación de su liderazgo después del fracaso electoral. En el mientras tanto, la jefatura institucional del partido estará en manos de Miguel Pichetto, jefe del bloque de senadores. Al Senado ingresará Cristina, seguramente en representación de la minoría bonaerense y no de la mayoría, según la evaluación de los encuestadores más serios. Pichetto fue una viga fundamental durante el gobierno de Macri para conservar en funcionamiento el sistema democrático. Con buen diálogo con los gobernadores y senadores peronistas, es también una referencia para los diputados del peronismo no kirchnerista. El ministro del Interior, Rogelio Frigerio, suele recurrir a Pichetto en los momentos dramáticos. Pichetto logró mantener unido al bloque peronista del Senado, aunque los kirchneristas votaron muchas veces de manera diferente que los senadores no kirchneristas.

Cristina podría liderar después de diciembre un bloque de entre siete y nueve senadores. ¿Llegará ganando o perdiendo Buenos Aires? Mucho depende de la respuesta a esa pregunta. Es probable que se disuelva el Interbloque Federal que preside Adolfo Rodríguez Saá, sobre todo si se repitiera la enorme derrota que lo aplastó el pasado 13. Entre otros, ese interbloque lo integran Carlos Reutemann y Juan Carlos Romero. Éstos podrían unirse al bloque justicialista que preside Pichetto. Pichetto seguirá siendo la pieza clave para que Macri pueda sacar del Congreso (tras negociaciones, concesiones y cambios inevitables) la reforma tributaria, la laboral, la judicial y la electoral que el peronismo senatorial le bloqueó el año pasado. Antes, deberá negociar con el peronismo el presupuesto del año próximo y la prórroga del impuesto al cheque, que vencerá el 31 de diciembre. Es un impuesto regresivo que se aplicó para que durara un tiempo y se quedó para siempre. Los gobernadores quieren más coparticipación sobre ese impuesto.

¿Afectará esa relación la tensión del Gobierno con los gremios? Los sindicatos han sido siempre importantes para el peronismo. El propio Pichetto reclama conversar con ellos. Pero muy pocos peronistas defendieron la manifestación del martes pasado. Ninguno puede explicarse qué le pasó a Hugo Moyano para que haya perdido la sensibilidad política. “No se le hace eso a un gobierno que acaba de ganar una elección nacional”, dice un dirigente peronista. Es la misma conclusión que sacó Macri antes de aplicarles a los gremios la peor tortura como castigo: los dejó sin el manejo del dinero. “¿Éste es Macri o es otro?”, pregunta un sindicalista, atontado todavía por la sorpresa y la devastación.

Fuente: La Nación