Foto: Gastón Iñiguez

Nuria tiene 25 años y estudiante de Ciencias de la Educación en la UNSa. Es parte de un movimiento llamado el Hormiguero que trabaja con la comunidad del Barrio 17 de Octubre en la zona norte de la ciudad en donde promueven el uso sustentable de la tierra y la creación de huertas para hacerle frente a la crisis. (Gastón Iñiguez)

Nos reunimos un sábado de calor en la estación de servicio de Ciudad del Milagro mientras la gente se agolpaba en la heladería para buscar algo de fresco o un poco de alegría veraniega. Caminamos unas ocho cuadras en dirección al noreste, hacia el barrio que todos discriminan porque está lleno de pibes chorros. Pasamos la cancha de basquet, nos metemos en un pasillo largo y doblamos en una esquina. Mientras caminamos Nuria comenta como comenzó todo:

“Estoy en un movimiento cultural que se llama el Hormiguero, actualmente con dos compañeros – Lito e Iván “El Vaca” – nos ocupamos de ofrecer diferentes actividades en la biblioteca popular del barrio y desde hace casi dos meses estamos trabajando con la huerta. Al inicio contamos con la ayuda de la cátedra de soberanía alimentaria de la UNSa que nos dio los primeros plantines”.

Llegamos al edificio hecho con bloques de cemento donde funciona la biblioteca popular Juana Azurduy que está apenas a unas cuadras de la cancha y la comisaría. Damos la vuelta y encontramos el espacio de huerta en una parcela de apenas unos dos metros cuadrados donde se ven algunas plantas de habas bien crecidas y otras verduras en proceso de germinar. El suelo que caminamos desde la avenida principal que separa ambos barrios es de tierra, lecho de río, gris y pedregoso pero donde está la huerta el color cambia radicalmente a negro. Se nota la dura tarea para aportar nutrientes y lograr que aquí crezca algo.

“La idea es trabajar con la comunidad en este espacio usándolo como lugar de experimentación y construyendo el conocimiento necesario para que inicien sus propias huertas. Cuando empezamos se acercaron algunos curiosos pero principalmente son niños los que terminan colaborando siempre; sabemos por ellos que aquí las familias tienen cultivos y de a poco la práctica se va socializando entre los vecinos. Nuestra intención es que el cultivo de los alimentos naturales se sostenga como una forma de trabajo colectiva y colaborativa sin usar químicos”, comenta la joven.  “Igualmente cuesta dejar ciertos hábitos de consumo que nos obligan a comprar productos, que no necesitamos y que llevamos a nuestras mesas, a grandes corporaciones”, culmina Nuria.

Pasan unos minutos y sale de una casa contigua un muchacho de unos trece años que también colabora con la huerta y muestra orgulloso unos plantines que el mismo preparó. En su casa ya tienen una huertita y prepara compost con su hermana menor. Ahora quiere comenzar a plantar unos árboles frutales. En el barrio la mayoría de las personas están relacionadas por parentesco. Hace 20 años se instalaron las primeras familias en una zona que se encuentra entre las lindes del rio Vaqueros y las vías del tren que va hacia Güemes, cerca de los piletones de Aguas del Norte. Durante mucho tiempo fueron una población asentada que resistió la presión social, política y policial que quería desalojarlos. Muchos de esos pioneros son los que ahora trabajan activamente por la comunidad al frente de comedores, bibliotecas o clubes de trueque. Es ahí donde Nuria y sus compañeros tratan de integrar la huerta como una forma de lucha contra el sistema capitalista.

La pequeña huerta de aspecto sencillo es una muestra del enorme poder transformador que habita en 17 de Octubre. Una comunidad unida, que pese a las problemáticas que la atraviesan, puede convertir un asentamiento precario en barrio y transformar el suelo lleno de piedras en un lugar de donde brote vida. Ese es el verdadero progreso, no el que nos quieren vender los CEOS de la política con el vacío “si se puede”, los medios hegemónicos in-dependientes ni las grandes cadenas de supermercados.