Prácticamente la mitad de los menores de edad del país se encuentra bajo la línea de pobreza, una demostración cabal de cómo una política económica tiene la funcionalidad dual de arruinar el presente y embargar el futuro. (Franco Hessling)

Un reciente estudio publicado por el CIPPES (Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales), basado en datos del tercer trimestre de 2016, asegura que en la región noroeste del país el nivel de pobreza de los niños y adolescentes asciende a más del 43,2%. Si de buscar buenas noticias se tratase, el dato positivo sería que la media nacional de pobreza infanto-adolescente está por encima de la media regional, se sitúa en el 46%. Según el CIPPES, estos datos deben ser insumo para diagramar políticas públicas “que hagan foco en los sectores de menos recursos y de esa manera reducir la incidencia de la pobreza e indigencia en la Argentina”. El trabajo del centro de investigaciones se titula “Incidencia de la Pobreza en niños y adolescentes de Argentina – tercer trimestre 2016”.

Si la pobreza del NOA en pequeños y púberes trepa a más del 43%, la indigencia parvularia no mejora las expectativas: son 153 mil menores de edad que se encuentran en un crítico estado de postergación. Esa cifra representa un 8,5% de la población total de chicos. En general, en la región Noroeste la tasa de indigencia se situó en 5,43%, alcanzando un total de 294 mil indigentes. Es, por otra parte, la región con la tasa más alta de empleo informal. Salta en particular, de acuerdo a los solitarios estudios del Ielde-UNSa, está a la cabeza de las ciudades con mayor pobreza multidimensional del país, es decir, uno de los conglomerados donde hay más privaciones que no sólo tienen que ver con los ingresos (conexiones cloacales, baños, espacios para evitar hacinamiento, posibilidades de estudio, etc.).

El trabajo del CIPPES especifica que “respecto de la región Noroeste, al tercer trimestre del año 2016, un 31,08% de la población total vivía por debajo de la línea de pobreza, indicando este porcentaje que 1,68 millones de personas estaban en condición de pobreza en esta región. Si tenemos en cuenta el subconjunto de la población constituido por niños y adolescentes (0 a 17 años de edad), 780 mil personas vivían bajo la línea de pobreza en el Noroeste”.

La provincia que presenta el panorama más apremiante es Santiago del Estero, adonde el porcentaje de pobreza infantil se posiciona por encima del 50%, alcanzando a 165 mil niños. En contraste, La Rioja es el distrito de mejor estadística, contando solamente con un 31% de niños y adolescentes en la pobreza (una población de 36 mil afectados). La tendencia se repita en cuanto a la indigencia: Santiago del Estero la que tiene el porcentaje mayor y La Rioja la que ostenta el más bajo.

Pobreza, cero a la derecha

Las regiones del país más afectadas son la cuyana y la pampeana, San Juan y Córdoba despuntan como los epicentros de la infantilización de la pobreza en el país. En esos enclaves, más del 50% de la población de 0 a 17 años se encuentra bajo la línea de pobreza, lo que es igual a decir que no satisfacen sus necesidades básicas. Los magros resultados cosechados mediante el improvisado instrumento estadístico con el que el Gobierno de la Nación buscó cuantificar la educación el año pasado -Operativo Aprender-, ameritan ser releídos a la luz de estas otras carencias de primera urgencia que padecen los estudiantes de primaria y secundaria.

El dato conspicuo es que en la Argentina la infantilización de la pobreza alcanza a prácticamente la mitad de los menores de 18 años. La pobreza registrada para los niños y adolescentes es mayor que la padecida por la población total del país. En palabras del informe del CIPPES: “La tasa de pobreza del 46,04% en niños y adolescentes es mucho mayor que el de la población en general, ya que en esta última el 31,09% de los habitantes (sin límite de edad) vive bajo condiciones de pobreza al tercer trimestre de 2016. Lo anterior señala que la pobreza argentina adquiere, como imagen, el rostro de sus niños”.

El hecho de que tantos menores se encuentran en condiciones de privación tiene una doble repercusión si se hace abstracción con las temporalidades. En el presente causa alarma, aún más en provincias como la nuestra donde se ha pretendido convencernos que las muertes de jóvenes por insuficiencias de subsistencia (no solo por desnutrición) se dan por causas culturales y no estructurales, y en el futuro porque un chico que carece de las condiciones mínimas de subsistencia no desarrolla cabalmente sus capacidades, tanto físicas como cognitivas.

La metodología de medición utilizada fue valuar los ingresos mínimos de un hogar y contrastarlos con el valor de la canasta básica que presupone “necesidades básicas de consumo”. Durante el 2016 se plasmó con descaro el plan económico de la alianza Cambiemos: despidos por miles, deuda externa e interna (Lebac) por millones, paritarias cerradas por centenas, e inflación por decenas (cuatro decenas, la inflación interanual fue del 42%). Paralelamente, se suspendieron todas las estadísticas y se modificaron los métodos de medición -incluso cambiando los productos contemplados en la canasta básica-, con lo cual las comparaciones con la historia reciente son técnicamente imposibles, al menos desde un punto de vista lineal.

De igual modo, la constricción económica causada por el congelamiento de la economía interna, pese a que este año se moderaron las políticas de ajuste, causa consecuencias directas en las capas más vulnerables de la sociedad, al mismo tiempo que le hace perder posiciones sociales a otros estratos que, por ejemplo, dejan de estar ocupados y pasan a engrosar las cifras de desempleados.