Andrea tiene 36 años, es estudiante del profesorado de Lengua, nos habla de lo que significó ser madre adolescente y la lucha dentro de una sociedad que condena y estigmatiza a la mujer cuando no está acompañada por un hombre. Una historia que narra lo que no se dice. (Gastón Iñiguez)

Andrea tenía 15 años y soñaba con ser grande, sentirse adulta y llevarse puesto el mundo como cualquier chica a esa edad. En esa época tenía el clásico “noviecito” más grande que ella. El típico canchero que a su vez salía con otras chicas porque eso es lo que se espera del “ganador” avalado por el machismo; el clásico varón patriarcal que gusta de ir y venir sin dar explicaciones y lucir sus conquistas como si fueran condecoraciones.

Pasado un tiempo, el noviecito le comienza insistir para tener relaciones y ante la duda y negativa de Andrea, este optó por el recurso de amenazarla con que se iría a buscar en otras lo que ella no quería darle. A esa edad no tenés mucha idea de nada y anhelas la familia feliz sacada de un catálogo,  además de creer que el amor te va cambiar la vida; las emociones son un caballo desbocado y todo te parece de vida o muerte; una pelea con tus viejos, un mal entendido entre amigos o que tu novio/novia te deje.

Es por eso que Andrea accede para no perderlo. Al macho patriarcal, educado para ser un gallo pisador, no le gusta usar preservativo y mucho menos si es la primera vez de su novia. Andrea recuerda ese día como una experiencia extraña que no le causó ningún placer -¿esto era?- pensó.

“En esa época tus viejos no te hablaban de sexo ni cómo cuidarte; en la escuela tampoco se trataba el tema, todo el mundo te daba a entender que de eso no se hablaba. Encima estamos sometidos por el ideal cristiano del amor romántico, aunque no seamos creyentes, que moldea nuestras vidas y nos juzga”.

Y así fue que tres meses más tarde cuando Andrea se entera que estaba embarazada, él le propone matrimonio quizás obligado por esa misma falsa moral cristiana que conduce las situaciones para que desencadenen en el formato pre-estipulado de cómo debe ser una familia: “Le contesté que no, que no teníamos como vivir, él no trabajaba y yo todavía iba a la escuela”. Esa fue la oportunidad ideal para el que muchacho decidiera desaparecer por un tiempo. Andrea comenzó a partir de ese momento un largo proceso de negación que incluiría no contarles a sus padres lo ocurrido y vivir tapada con una campera larga para que no se le notara la panza. Así lo logró durante cuatro meses hasta que una conocida se dio cuenta y la llevó por primera vez a un control.

“Cuando me hacían insinuaciones o me preguntaban directamente si estaba embarazada, yo contestaba que no, porque realmente creía y me había convencido que no tenía nada”.

Esa misma noche, al volver del hospital, Andrea contó a sus padres lo que ya no podía ocultar. Su padre no fue el mejor ejemplo paterno que pudo tener, un hombre machista y acosador que tenía muchos problemas para controlar sus deseos y sus manos. Cuando se enteró del embarazo de su hija sintió que habían herido su ego y no supo manejarlo; gritó, lloró y vociferó. Su madre se llamó al silencio como siempre hacía.

“Después de mucho hablar mi familia aceptó la situación y me acompañó el último tramo hasta que nació mi hija. Esa experiencia me hizo crecer y madurar. Me doy cuenta de que crecimos juntas y hoy no me arrepiento de haber tomado la decisión de tenerla a pesar que no fue fácil, que hubieron momentos duros donde sentía que no podía con todo; intentar estudiar, trabajar, formar una familia; todo se complica cuando tenés un hijo que depende de vos”.

Se habla del amor que lo resuelve todo y los hijos que nacen con un pan bajo el brazo, pero lo cierto es que estos son artilugios para sostener una maquinaria de opresión que explota al hombre y controla el cuerpo de la mujer. Las mujeres solteras con hijos son siempre más vulnerables ante la pobreza. Las instituciones siguen perpetuando el mito de la salvación a través del amor y siguen utilizando los estereotipos de la feminidad patriarcal que representan a las mujeres como seres pasivos, débiles y caprichosos. El objetivo siempre es que las mujeres desde chicas crean que no valen nada, y que necesitan que alguien las cuide, las ame, y les solucione los problemas.

La vida de Andrea no fue sencilla siendo madre joven; como no lo fue y no lo es la de muchas otras mujeres que pasaron la misma experiencia. Hoy a sus 36 años, después de haber formado una nueva familia, está a punto de finalizar el profesorado en lengua para dedicarse a lo que siempre quiso pero no había podido concretar por falta de tiempo. Su primera hija tiene 20 años y se está por ir a vivir sola.

Andrea culmina citando una respuesta que dio la poeta Alejandra Pizarnik en un ciclo de entrevistas: “Aunque ser mujer no me impide escribir, creo que vale la pena partir de una lucidez exasperada. De este modo, afirmo que haber nacido mujer es una desgracia, como lo es ser judío, ser pobre, ser negro, ser homosexual, ser poeta, ser argentino, etc. Claro, es que lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias”.